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Salud

Eso Fue Así

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“HAGAN LO MEJOR QUE PUEDAN, Y LOS RESULTADOS DÉJENSELOS A BABA.” ¿Cuántas veces han escuchado esto? ¿Pero qué significa? ¿Creen que por sólo haber hecho lo mejor posible no habrá dificultades y todo se allanará? De ninguna manera. A veces, a pesar de los mejores esfuerzos que ustedes hagan, y a pesar de sus mejores intenciones, los resultados no serán los que ustedes quieran. Es fácil decir que dejen los resultados en manos de Baba, pero no es tan sencillo de hacer. Permítanme darles algunos ejemplos de nuestra vida con Baba.

Considerábamos que era nuestro deber atender el bienestar físico de nuestro Amado. Cualquiera que fuera su trabajo realizado en los planos internos y cualquiera que fuera el trabajo espiritual de Baba, nosotros no teníamos nada que ver con eso. Tal vez inconscientemente ayudábamos a Baba obedeciéndolo, pero sin que comprendiéramos lo que él estaba realizando en un nivel espiritual o cómo lo estaba haciendo. No éramos gente preparada para esas cosas.

Lo que podíamos hacer, y lo que hacíamos, era atender los asuntos prácticos, las obligaciones propias de este mundo. Y una de ellas era procurar que el cuerpo físico del Avatar Meher Baba estuviera protegido y bien cuidado. A decir verdad, Baba no necesitaba nuestra ayuda, pero nos daba la oportunidad de creer que estábamos haciendo algo por él. Su compasión nos daba margen para creer que le estábamos prestando un servicio. Y, sin embargo, nuestro entusiasmo por atender el bienestar de Baba se interponía en nuestro camino una y otra vez, y terminábamos causándole dolor.

Como tal vez ustedes lo hayan oído, Baba perdió su dentadura siendo muy joven. Algunos dicen que se debió a que se le aflojó en la época en la que se golpeaba la cabeza contra el piso. Sea lo que fuere, perdió algunos dientes siendo joven y, a pesar de los mejores cuidados que pudimos procurarle, al final los perdió todos. Eso fue antes de la Nueva Vida. Baba era siempre impaciente por la comida, impaciente por el tiempo que se perdía en comer, y por eso tendía a comer muy rápidamente. Como resultado de todo esto sufría molestias estomacales. Los médicos creían que Baba debía usar dentadura postiza, la cual lógicamente lo ayudaría a masticar y digerir mejor la comida.

Sabiendo esto, fui a ver al doctor Bharucha, un excelente dentista de Pune, y lo persuadí para que fuera a ver a Baba donde éste vivía. Después de dos o tres visitas, le completó y ajustó la dentadura postiza. Durante esas visitas, el dentista se sintió atraído por Baba y obtuvo sus bendiciones. Pero después de esto, Baba se quejaba de que la dentadura postiza era pesada y demasiado molesta para su boca, hasta que finalmente dejó de usarla.

Y entonces llegó la Nueva Vida, y Baba continuó quejándose de su mala digestión. Esto me apenaba, pero yo no podía hacer nada. Después nos mudamos a Hyderabad y vivimos allá un tiempo con Baba. Hyderabad era en esa época un principado gobernado por el Nizam. Éste era famoso por ser uno de los hombres más ricos del mundo, y yo sabía que ese hombre acostumbraba a tener solamente lo mejor de todo. Y se me ocurrió que su dentista debía ser un hombre excepcionalmente diestro. Yo me preguntaba qué clase de dentadura postiza había confeccionado para el Nizam. ¿Sería de un material especial?

Sin decírselo a Baba, averigüé quién era el dentista del Nizam y, aún vestido con el atuendo de la Nueva Vida, conseguí una entrevista con él. Mi kafni (túnica o caftan) estaba raído y yo debía parecer un mendigo, pero el dentista aceptó verme. Le conté que me interesaba que me confeccionara una dentadura postiza, y le expliqué que la quería sumamente liviana. Y le pregunté qué clase de material había usado para la del Nizam.

El dentista me miró con recelo: 

–¿Usted quiere la mejor de todas? –me preguntó. 

–Sí –le contesté. 

–¿Pero será usted capaz de pagarla? –me preguntó. 

Le expliqué que esa dentadura postiza no era para mí sino para mi hermano mayor y que él tenía muchos amigos que querían verlo cómodo. Le aseguré al dentista que no importaba lo que costara, pues se le pagaría.

Luego le pregunté con qué rapidez podría hacer el trabajo, pues era posible que Baba decidiera repentinamente irse de Hyderabad. El dentista debió haberse preguntado sobre toda esta transacción, pero expresó que haría de buena gana ese trabajo, y yo regresé para ver a Baba.

Le hablé sobre las dentaduras postizas y, recalcándole lo liviano y transparente que sería el material que se utilizaría, conseguí persuadir a Baba para que me acompañara para ver al dentista.

Hizo el trabajo, el cual consistió en las dos dentaduras postizas, la superior y la inferior, y eran excelentes. Costaron mil rupias, las cuales fueron pagadas por el Arrangementwallas (Administrador) de la Nueva Vida con la aprobación de Baba. Yo estaba muy contento. Pensaba que había realizado realmente algo por la salud de Baba.

Fue sólo un año más o menos después de esto que Baba tuvo su primer accidente automovilístico en Oklahoma. En esa época Baba estaba usando solamente su dentadura postiza de arriba, y la fuerza del impacto hizo que los dientes se le incrustaran en la encía de la zona inferior de la boca.

Me arrepentí muchísimo al enterarme de esto. Baba no había querido esas dentaduras postizas, pero yo había insistido y finalmente él había consentido, y vean qué problema causaron. ¿Por qué insistí?, yo me preguntaba. ¿Por qué forcé en Baba este dolor y este sufrimiento de más? ¿Pero qué podía hacer yo? Mi deber consistía en tratar de atender la salud de Baba. Y había hecho lo mejor posible para cumplir con mi deber, pero lo paradojal de esto era que mis mejores esfuerzos sólo le habían causado más dolor a Baba.

Baba nunca volvió a usar las dentaduras postizas. Asimismo, debido a ese accidente, Baba resultó herido en su tabique nasal. Por este motivo tuvo una extrema sensibilidad al polvo y al viento, y ustedes deberían haber visto las películas en las que Baba sostiene un pañuelo sobre su nariz. Verán, el mínimo polvillo o un viento fuerte le causaban una aguda molestia, de modo que tenía que sostener pañuelos alrededor de su cara para protegerse.

Nosotros sabíamos esto. Sabíamos cómo Baba estaba sufriendo, y lógicamente queríamos hacer algo. Una vez, cuando estábamos en Pune, se me ocurrió que debíamos llevar a Baba a un especialista en ojos, nariz y garganta para determinar si se podía hacer algo. Surgió este pensamiento y, por mi cuenta, me animé y fui a ese especialista. Le describí el estado de Baba y le sugerí que eso se debía a su accidente y a su herida en la nariz, y quise saber si se podría hacer algo. El médico me dijo: 

–Sí, entiendo lo que usted dice, pero aun así tengo que examinar personalmente al paciente.

Le expliqué que el paciente era mi hermano mayor y que nunca salía, salvo para cortos viajes en auto. Sin embargo, el médico insistió que no podría hacer nada sin examinar a mi hermano, y que no había otro remedio que llevarlo a su consultorio. Me dijo que podía darme una cita para tal y tal hora y en tal y tal fecha.

–Si puedo persuadirlo para que venga, ¿nos atenderá inmediatamente? –le pregunté–. ¿No tendremos que estar sentados una media hora en su consultorio o algo parecido? ¿Podremos ir directamente a su consultorio para que lo examine tan pronto lleguemos?

Ustedes se darán cuenta de que, conociendo el modo de ser de Baba como yo lo conocía, tenía que tomar esas precauciones. Así era mi vida con el Amado. El médico me aseguró que, si íbamos a la hora señalada, nos atendería inmediatamente y no habría necesidad de esperar; entonces le dije que haría todo lo posible para persuadir a mi hermano para que fuera, y luego me retiré del consultorio.

Esto fue después del segundo accidente de Baba, quien tenía dificultad para caminar. Por eso salíamos a dar un paseo en auto una o dos veces por día para tomar un poco de aire fresco. Yo llevaba a Baba, recorríamos cierta distancia, no en la ciudad, sino en los alrededores, durante más o menos media hora. Y el día señalado llevé a Baba de paseo como de costumbre. Yo no le había dicho sobre mi visita a aquel médico porque sabía que se negaría a ir, de modo que me quedé callado. Pero una vez que estuvimos en el auto con Baba, y yo estaba conduciendo, tomé por una ruta que nos llevó hasta la zona de la ciudad en la que estaba el consultorio del médico. Después, de repente, giré y me detuve tras cruzar la entrada del edificio del médico.

–¿Adónde vamos? –me preguntó Baba.

Detuve el auto y le dije que había concertado una cita para él con un especialista de ojos, nariz y garganta. Baba me dijo con un ademán: “¿Por qué?”, y le expliqué que pensaba que el médico tal vez podría hacer algo para aliviar su sufrimiento. Baba se quedó quieto. No sé por qué. Si fue porque se desconcertó por lo que yo había hecho, por estar muy asombrado por mi atrevimiento o muy enojado conmigo –no lo sé– pero sin decir una sola palabra, Baba bajó del auto y caminó conmigo hacia el consultorio del médico: muy probablemente para no desilusionarme.

A Baba se lo presenté al médico como mi hermano mayor, y lo examinó. 

–¡Oh, es una cosa sencilla! –dijo–. ¿Se ha lesionado usted alguna zona de la nariz? Hay un pequeño nódulo que crece en la base de la nariz. Eso es lo que le está causando sus problemas. Es necesario cauterizarlo.

Cuando escuché eso, pensé que el doctor se refería a una especie de operación que habría que hacer, y el corazón me dio un vuelco porque yo sabía que no podría persuadir a Baba para que volviera para otra visita. Le pregunté al médico cuánto tardaría esa operación y me dijo que era muy sencilla y podía hacerla en cinco o diez minutos. 

–No se trata realmente de una operación –me explicó–. Sólo se pone un cable eléctrico en el nódulo y se deja pasar por éste la corriente. El cable se calienta y se quema una pequeña cruz en el nódulo. De esa manera no crecerá más y, un tiempo después se encoge y simplemente desaparece.

Entonces miré a Baba y Baba me miró y le dije: 

–Bien, ahora que viniste hasta aquí y el médico está tan confiado y el procedimiento es tan sencillo, ¿por qué no lo hacemos ahora y terminamos con esto?

Baba accedió muy amablemente a mi pedido, y el médico empezó. Primero limpió la fosa nasal con un algodón embebido en alcohol y después insertó el cauterizador: ustedes saben que es algo así como un soldador, y encendió la corriente eléctrica. Pronto pude percibir el hedor de la carne quemada. Debió haber sido muy doloroso.

Transcurridos unos instantes, el médico había terminado de cauterizar ese fastidio y se mostró muy satisfecho. Taponó la fosa nasal con un algodón y le dijo: 

–Sentirá dolor durante un par de días, será incómodo, pero luego eso se sanará y usted estará perfectamente bien una vez más.

Nos dio unas gotas nasales para aliviar el dolor, y así terminó la visita.

Pero para ser justo con el doctor, debo mencionar que reconoció a Baba y nunca nos cobró. Eso complació a Baba y, por supuesto, yo también estuve muy contento por eso.

Eso fue así. Por supuesto, ya en el auto, Baba empezó a decir que desaprobaba todo lo que acababa de suceder. Yo debería haberle informado de antemano, insistió. Una vez que detuve el auto en el edificio del médico, ¿cómo podía negarse después de todos los esfuerzos que hice? Entonces se avino a sufrir esa tortura por mi causa, y eso no estaba bien. Yo no debía haberlo puesto en esa situación y demás.

Y le repliqué: 

–Baba, a la larga, esto te ayudará. Sé que debió haber sido muy doloroso para ti, pero, como están las cosas, ahora sufres tanto debido a que eres sensible al polvo y al viento. Ahora bien, dentro de unos pocos días, no tendrás más ese problema, y entonces esto habrá valido la pena.

–Eso está por verse –me dijo Baba, y fue el final de nuestra conversación.

¿Y saben ustedes cuál fue el resultado de la operación? No sirvió para nada. A pesar de la torturante experiencia a la que yo había sometido a Baba, su estado no mejoró. Ustedes pueden ver en las películas que Baba continuó usando sus pañuelos y que aún sufría. Mis esfuerzos por hacer lo mejor posible, cumplir con mi deber y atender su salud sólo tuvieron como resultado, una vez más, que le causé un sufrimiento innecesario. Parece que fue siempre así.

Me acuerdo de una ocasión con matices cómicos. Estábamos con Baba en una zona rural. Éramos sólo un grupito y no estábamos en una aldea ni en nada parecido; puede decirse que estábamos en el interior. Estábamos viajando con Baba en una carreta tirada por bueyes. Tal vez algunos de ustedes han visto esas carretas tiradas por bueyes, pero a no ser que hayan estado alguna vez en una, no podrán tener idea de cómo traquetea estando dentro de ella. Por supuesto, no tienen resortes ni amortiguadores, ni nada que atempere el viaje. Y como estábamos afuera, afuera de todo, no estábamos en una carretera. Estábamos en una especie de huella, todo era desparejo, y la carreta se tambaleaba y traqueteaba a medida que nos desplazábamos lentamente. Puedo decir que lo único que nos salvaba era que la carreta andaba tan lentamente, pues de no haber sido así, eso habría sido demasiado como para poder soportarlo.

Tendí la ropa de cama de Baba dentro de la carreta. A eso lo llamamos “sujeta-todo”, y quizás algunos de ustedes lo han visto, pues no sólo sujeta un colchón sino que también tiene, en cada lado, alforjas para guardar la ropa, las sandalias, y realmente todo, y es por eso que se lo llama “sujeta-todo”. De modo que lo tendí dentro de la carreta de Baba, quien pudo acostarse allí, mientras el resto de nosotros nos quedamos sentados en la baranda con nuestras piernas bamboleándose como si fuéramos monos.

La zona por la que viajábamos era en pendiente. Había una sucesión de colinas y estábamos subiendo por una, parecida a nuestra Seclusion Hill. Los pobres bueyes tiraban con fuerza para tratar de superar la pendiente, mientras el boyero nos gritaba que los instáramos a seguir adelante. Finalmente llegamos a la cima de una barranca y empezamos a bajar por el otro lado, y el boyero, como si se vengara de nosotros por haber forzado a sus bueyes a trabajar tan duramente, arrojó de repente las riendas sobre las astas de los bueyes.

Es entonces, cuesta abajo, cuando se necesitan las riendas para controlar el avance de los bueyes. Pero el boyero se limitó a tirar las riendas y los bueyes empezaron a galopar bajando la cuesta desenfrenadamente.

–¡Eh, eh! –le grité–. ¿Qué está tratando de hacer? Detenga a los bueyes.

–No, no puedo –replicó–. Si trato de detenerlos en esta cuesta empinada, sólo tropezarán, se lastimarán y estará en peligro la carreta.

Verán, las riendas pasan a través de los hocicos de los bueyes. El boyero pensó que, si trataba de detener a los bueyes en esa cuesta empinada, al tirar de las riendas produciría tal sacudida que podría lastimar a los bueyes, o perderían el equilibrio y tropezarían. Sea lo que fuere, no intentó nada, y empezamos a ir cada vez más rápido cuesta abajo. Los bueyes prácticamente galopaban y, por supuesto, mientras sucedía esto, nosotros estábamos rebotando como pochoclos. Tratábamos de agarrarnos, pero incluso esto era difícil; nos sacudíamos demasiado. Daba la sensación de que nuestros huesos se despedazaban.

Finalmente, cuando llegamos al pie de la cuesta, Baba nos dijo con ademanes: 

–Ustedes tuvieron suerte. Sólo se golpearon sus traseros, pero yo estaba acostado, y todo mi cuerpo tuvo que aguantar los golpes del traqueteo.

Y al pensar en eso, me di cuenta de que era cierto lo que dijo. Allí habíamos tratado de poner a Baba más cómodo haciéndolo acostar, mientras que nosotros nos sentamos en la baranda, pero dense cuenta de que aún ahí, eso sólo había terminado causándole más dolor.

Hubo una sola vez, en todas las muchas ocasiones que tuve que ver a Baba con problemas físicos, en la que aparentemente yo fui realmente capaz de ayudarlo. Esto se refería a sus ojos.

Baba empezó a tener un problema con sus ojos desde Dehra Dun. Los tenía irritados y con picazón, como si les hubiera entrado algo, una partícula de polvo o algo, lo cual le causaba una considerable molestia. Los dos años siguientes, durante nuestros viajes, este problema siguió atormentando a Baba. Cada tanto lo persuadíamos para que permitiera que algún médico lo examinara, pero los médicos nunca pudieron encontrarle algo malo. A veces estábamos en grandes ciudades, y consultábamos a doctores excelentes, que eran especialistas, pero nunca pudieron encontrar algo malo. Algunos le recetaban gotas, y otros le sugerían que necesitaba usar anteojos o gafas ahumadas, pero nada de esto lo aliviaba y Baba continuaba sufriendo.

Finalmente estábamos en Satara. Esto debió haber sido en 1951. Recuerdo que estábamos viviendo en el chalet de Muttha, y pueden imaginarse la fecha exacta porque nos alojamos ahí solamente una vez. Satara en aquella época era famoso por ser un pueblito de jubilados. Y esto es verdad. En las calles y en el mercado sólo se veían ancianos tambaleantes acarreando sus valijitas. Ni se hablaba de negocios. Todo el pueblo parecía arrastrarse a paso lento.

Un día, cuando recorría el pueblo, me fijé en el letrero de un oftalmólogo. No sé por qué me fijé en eso porque se trataba de un letrerito vulgar. No era esa clase de letreros que inspiran confianza pero, por alguna razón, entré y ahí había una clínica sucia y destartalada. No sé por qué entré. Tal vez porque yo ya había ido a ver a tantos médicos importantes y a tantos especialistas, sin que ninguno de ellos hubiera sido capaz de hacer algo por Baba, y entonces se me ocurrió que quizás un doctorcito podría hacer algo que los doctores más importantes no atinaban a hacer. ¿De todas maneras qué tenía yo que perder?

Entonces entré y conversé con el médico, quien aceptó ir a nuestro chalet y examinar a Baba. ¿Por qué no debería aceptarlo? Porque su actividad profesional era muy reducida, él no insistió en que Baba fuera a su clínica. Entonces vino a nuestro chalet. Pero vean qué clase de médico era él. Ni siquiera trajo algo consigo cuando vino. 

Levantó el párpado superior de Baba, lo soltó y dijo: 

–¿Ve, ve allí esas manchitas blancas? –Parecían cristales.– Son las que están causando todos los problemas. ¿Tiene usted un fórceps?

Él no había traído nada consigo, y entonces mandé a buscar a la doctora Goher para que trajera un fórceps. Entonces le pidió a Goher un poco de líquido antiséptico. Él tenía que pedirle todo. Luego empezó a extraer esos granulitos blancos de los párpados de Baba. Lo hizo en un santiamén. Hubo una pequeña hemorragia en el sitio en el que usó el fórceps, pero Baba estuvo totalmente bien en un par de días. El problema había desaparecido por completo. Baba había estado sufriendo durante todo ese tiempo y ninguno de los importantes doctores había sido capaz de hacer algo, y aquí este mediquito, instalado en una clínica destartalada y en un lugarcito en el que reinaba el atraso, fue capaz de diagnosticar el problema y curarlo.

Pero esta fue una excepción. Habitualmente, todos los esfuerzos que hacíamos para ayudarlo tenían como único resultado que le causaban más dolores. No sé por qué esto debía ser así. ¿Somos acaso tan torpes que todos nuestros esfuerzos jamás son acertados, o será el destino, o será que el papel del Avatar consiste en que cuando viene debe sufrir y, por lo tanto, hasta nuestros intentos por reducir su sufrimiento sólo producen lo contrario? Hermano… no lo sé. ¿Pero qué podemos hacer? Aun así debemos tratar de hacer lo mejor que podamos. Y es a eso a lo que me refiero cuando digo que es fácil decir que hagan todo lo posible y dejen los resultados en manos de Baba, pero les digo que hacerlo no es tan sencillo.


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