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Kirpal Singh

Eso Fue Así

Kirpal Singh

El otro día mencioné cuán penosa y humillante era nuestra vida con nuestro Amado Meher Baba. Y como Baba a menudo nos pedía que hiciéramos algo que era imposible, que era absurdo desde un punto de vista mundano, y cuán incómodo era eso. Aunque, como dije, mediante su gracia, se tornaba posible. Pero esto tampoco retrata fielmente nuestra vida con Baba. Es como lo que hablamos el otro día. Lo que dije era verdad, pero solamente una parte de la verdad.

Entonces hoy les voy a dar la otra parte de la verdad: una descripción de nuestra vida con Baba desde un ángulo de vista ligeramente diferente. Alguien me estaba preguntando anteriormente por Guruprasad. Bueno, el episodio que estoy relatando tuvo lugar allá. Había en Pune un mayor retirado del ejército que acostumbraba a visitar a Baba de vez en cuando. Me es fácil recordarlo porque acostumbraba a vestir una larga túnica de color ocre, en señal de renunciamiento. La túnica era muy vistosa y llevaba totalmente impreso un mantra: “Ram Sita, Ram Sita”, o algo parecido. Como dije, el mayor solía venir periódicamente a ver a Baba en Guruprasad, pero recuerdo que, esta vez, él trajo a su esposa.

El programa ya había comenzado, y la sala estaba totalmente colmada. Como de costumbre, un lado de la sala era para los hombres y el otro para las mujeres, con un pasillo en el centro. Baba estaba sentado en una silla, en el extremo de la sala, y yo estaba sentado un poco a su costado para poder interpretar sus gestos.

Yo estaba ahí cuando noté que este mayor retirado del ejército entraba en la sala. Estaba con su esposa. Y parecía estar muy ansioso por presentársela a Baba. Pero por alguna razón, en lugar de caminar delante de ella, o dejar que ella se adelantara y él caminara detrás, entró caminando de espaldas. Estaba conversando con su esposa, alentándola para que se acercara a conocer a Baba y, al mismo tiempo, se inclinaba, tratando de apartar a la gente para ensanchar el pasillo, y de esta manera se acercaba a Baba.

Yo esperaba que tan pronto él se acercara un poquito más, se erguiría, se daría vuelta y encararía a Baba, pero él siguió caminando de espaldas a Baba. Yo diría que ni siquiera de espaldas, pues estaba inclinado; en realidad, sin saberlo, se acercaba con su trasero hacia Baba. Estaba poniendo su trasero en la cara de Baba. Al menos, eso es lo que me pareció. Se acercó cada vez más y me asusté pues él no podía ver adónde iba y realmente chocaría con Baba. Ahora bien, yo tenía la obligación de proteger el cuerpo de Baba porque, después del segundo accidente, él había quedado muy sensible al contacto físico: hasta un pequeño choque sería muy doloroso para la articulación de su cadera.

Baba estaba en su silla. Tenía muy afectada la pierna. No podía levantarse fácilmente. Yo lo sabía. Sabía que Baba tenía que quedarse sentado allí mientras el hombre retrocedía directamente hacia él; entonces me adelanté y extendí mi mano para detenerlo: para hacerle saber que había llegado demasiado lejos y que ahora debería darse vuelta.

Pero al mismo tiempo, para ser sincero, admito que yo también estaba enojado por el escaso sentido común de este hombre a quien nunca se le ocurrió que esa no era la manera de acercarse al Dios-hecho-Hombre, al Avatar, con su trasero en alto. Entonces me adelanté, extendí la mano así, para procurar que mantuviera la distancia, y se diera cuenta de que había llegado demasiado lejos y era hora de que se diera vuelta.

Pero, aunque yo sólo había extendido mi mano, porque el hombre se inclinaba y giraba de esa manera, cuando él trataba de apartar a la gente del camino de su esposa perdió el equilibrio y cayó de bruces en medio de la multitud. Pero lo que empeoró incluso más las cosas fue que quedó tendido en la falda de una de las mujeres que estaba allí sentada.

Se levantó y estaba furioso. Se dio vuelta y se puso a insultarme de lo lindo. Empezó a injuriarme y básicamente a decir que yo no lo respetaba como era debido, que había sido grosero y un sinvergüenza de la peor calaña al empujarlo entre esas mujeres, y que yo no tenía el menor sentido de decencia. Pero fíjense que no lo dijo con estas suaves palabras. Les estoy contando la esencia de sus dichos, pero se expresó mucho más enérgicamente.

Y Baba estaba enojado. 

–¿Por qué lo empujaste? –me preguntó.

–Yo no lo empujé, Baba –le dije–. Sólo extendí mi mano para que él no retrocediera hasta donde estabas Tú.

–No –me dijo Baba gesticulando–, obraste mal. Discúlpate con este hombre. Prostérnate ante él y pídele perdón. 

Yo estaba enojado por la rudeza con que se había acercado de esa manera a Baba, y ya había perdido completamente los estribos porque me había insultado delante de todos cuando yo no estaba en falta. Ustedes saben que tengo mi temperamento y que no está en mi naturaleza aceptar mansamente semejante insulto sin reaccionar, y ahora Baba estaba diciendo que me disculpara.

Entonces me incliné ante ese hombre y le dije: 

–Por favor, perdóneme, yo tuve la culpa.

Pero ni siquiera entonces se dio por satisfecho y siguió insultándome. De hecho, la siguiente vez que lo vi, sucedió que me lo encontré en Pune, y empezó a insultarme nuevamente. Después de eso me encontré con él solamente un par de veces, pero en cada ocasión él volvía a decirme lo grosero que había sido con él.

Pero como se trataba de una orden de Baba, tenía que someterme de buena gana a los insultos de ese hombre. Después de todo, ¿cuál era nuestra obligación sino obedecer las órdenes de Baba sin importarnos lo penosa o humillante que fuera la situación? Y lo era. Eso es lo que estoy tratando de hacerles comprender. No es que no tuviéramos fe en Baba. Por así decirlo, ese era nuestro refugio. Pero, aunque estuviéramos firmemente anclados y a salvo en el puerto de nuestra obediencia hacia él, eso no significaba que no sintiéramos los vendavales de las opiniones del mundo. No éramos del mundo, pero estábamos en él, y nuestras mentes registraban esas cosas o, por lo menos, mi mente las registraba, y no puedo hablar de los otros. Es posible volverse inmune a las picaduras, a las picaduras de los mosquitos del mundo, pero el zumbido que los mosquitos producen en la mente es muy fastidioso, y eso es mucho más difícil de bloquear.

Por ese motivo es que yo digo una y otra vez que todos nosotros estamos en el mismo barco. Porque todos tenemos la misma mente y el mismo corazón. Sólo porque estábamos con Baba, eso no significa que nuestras mentes no registraran la irritación, el fastidio o la vergüenza. De hecho, Baba parecía meternos al máximo en esas situaciones. Pero una cosa que he señalado es que cuando pensamos menos en nosotros mismos, tendemos a que esos pensamientos nos distraigan menos.

Algunos de ustedes han preguntado por Kirpal Singh y si alguna vez se encontró con Baba. La respuesta es sí, se encontraron en varias ocasiones. Baba solía referirse a Kirpal Singh como el “santo”, y lo trataba muy afectuosamente, y Kirpal Singh, al menos siempre en mi presencia, acostumbraba ser muy respetuoso con Baba. Recuerdo que una vez, en Guruprasad, Kirpal Singh vino a ver a Baba.

Ese fue uno de los grandes programas de darshan. No recuerdo la ocasión, pero se celebró en la sala en la que Baba acostumbraba a reunirse con los mándalis, de modo que el programa no pudo haber sido muy grande. Había una silla para que Baba se sentara, y puede haber habido algunas sillas en los costados de la sala para que las usaran algunos ancianos, pero la mayoría se sentó en la alfombra frente a Baba. Yo estaba cerca de Baba cuando entró Kirpal Singh con un pequeño grupo de sus seguidores.

Baba estaba muy contento por verlo y lo saludó cariñosamente. Luego Kirpal Singh fue a sentarse en la alfombra frente a él. Sin embargo, uno de sus seguidores pensó que no era apropiado que su maestro se sentara en el suelo con el resto de ellos. Entonces fue a buscar una silla para que Kirpal Singh pudiera estar más alto que el resto. No lo culpo porque, en un sentido, tenía razón. ¿Cómo podían ellos, como discípulos, sentarse en el mismo nivel que su maestro? Eso no es correcto. Pero cuando el seguidor fue a buscar la silla, eso no le agradó a Kirpal Singh, se negó a sentarse en la silla e insistió en quedarse en el piso.

¿Después de todo, cómo podía él sentarse en una silla delante de Baba? Él sabía que lo único apropiado para él era sentarse en el suelo, a los pies de Baba. Por supuesto, todos tenemos ideas diferentes, según la profundidad de nuestro entendimiento, y de lo que constituye la adecuada dimensión del respeto que se nos debe y que debemos a los demás. Pero observen la diferencia. He aquí un hombre a quien Baba se refiere como un santo, y que ni siquiera se sentaría en una silla delante de Baba, y aquí está ese mayor retirado del ejército que insistía en poner su trasero directamente en la cara de Baba. Casi siempre, quienes insisten en sus privilegios son los que menos los merecen, mientras que los que verdaderamente merecen nuestro respeto son muy humildes y modestos. Por lo menos, esto es lo que he descubierto. Y por este motivo yo digo que cuando nos tomamos demasiado en serio, somos especialmente susceptibles a las picaduras de mosquito de nuestra mente. Si pensamos más en Baba, eso se parece a una red que nos rodea, y no nos pican. Sin embargo, el zumbido todavía nos molesta, eso es lo que estoy diciendo, pero con el paso del tiempo y mediante su gracia, podemos también no hacerle caso a eso.

Pero eso no es fácil. Y nuestra obediencia a las órdenes de Baba nos ponía una y otra vez en situaciones muy difíciles en relación no solamente con el mundo sino también con quienes amaban a Baba. Por ejemplo, estaba vigente la orden de que procuráramos que Baba no fuera molestado cuando estaba recluido. Teníamos que actuar como si tuviéramos corazones de piedra cuando la gente solía rogarnos que le permitiéramos ver a Baba sólo por un instante. Pero nosotros no podíamos compadecernos, sin importar cuánto podría conmovernos el hecho de ver la situación de aquellas personas sinceras que amaban a Baba y lo único que querían era echarle un vistazo. Por supuesto, de vez en cuando nosotros cedíamos ante esos sentimientos y tratábamos de ayudar a esas personas, y casi siempre eso terminaba causándole problemas a Baba. Entonces aprendimos a endurecer nuestros corazones.

No es que fuéramos rudos con las personas cuando venían. Eso tampoco habría agradado a Baba. Las compadecíamos, y eso no era mentira, empatizábamos con ellas, comprendíamos la situación apremiante y sus anhelos, pero no teníamos más remedio; no había nada que pudiéramos hacer por ellas. ¿Después de todo, qué significan las “órdenes” de Baba? Nosotros no podíamos ignorarlas, por lo que explicábamos la situación en la que estábamos y que no podíamos hacer nada, y rogábamos a la gente que tuviera paciencia y se resignara a su voluntad.

Habitualmente la gente lo entendía y lo tomaba a bien. Sin embargo, a veces la gente solía ponerse furiosa con nosotros, nos acusaba de celosos y de no querer que ningún otro viera a Baba. Nos insultaban diciéndonos de todo y teníamos que aceptarlo. ¿Qué otra cosa podíamos hacer?

Y si estos altercados llamaban la atención de Baba, él se ponía siempre del lado de la otra persona. Expresaba su sorpresa y asombro porque habíamos estado tratando de alejar a alguien de él, y hacía que, por supuesto, esa persona creyera que estaba muy bien que hubiera venido a verle. Y que él las había estado esperando hacía mucho tiempo. Incluso Baba podría darse vuelta hacia nosotros y decirnos con gestos: “¡Qué es esto! ¡Vino mi amante y ni siquiera me lo dijeron!”. Y nosotros teníamos que quedarnos callados. Baba podría habernos dicho, sólo diez minutos antes, que si incluso venía Dios a la puerta, no lo dejáramos entrar, pero en este caso nos estaba reprendiendo por alejar a uno de sus amantes. Pero nosotros nos limitábamos a aceptarlo todo. Esa era nuestra obligación: aceptar cuanto Baba nos diera, ya se tratara de insultos o de elogios. Y eso nos facilitaba que aprendiéramos a aceptar cuanto el mundo nos daba, ya fueran insultos o elogios. Esa aceptación de la voluntad de Baba, de su capricho, es lo que en última instancia nos permite no hacer caso del zumbido de nuestras mentes. Y les diré algo más: el secreto de la verdadera felicidad radica, también, en esa aceptación.


Imposible
Dinero